IGNACIO CARAPAN: una historia de toma pan y moja


Ernesto y Carmela eran dos de las más tiernas personas que jamás hayan existido en Ciudad Melancolía, por eso nadie se extrañó de que, fruto de tan tierna relación, tuvieran como hijo una rodaja de pan de molde: Ignacio...tierno, blandito y mojable 100 por 100.
A la semana de nacer, durante una visita, su tia materna aprovechó un descuido para asestarle un mordisco entoda la corteza. La perdonaron, pues era la hora del aperitivo, pero desde entonces jamás la volvieron a dejar a solas con él. De esa, y otras experiencias similares, Ignacio dedujo que su vida no iba a ser precisamente un paseo entre las nubes.
Cuando supo andar, ya había aprendido a no mostrarse en público a las horas del almuerzo, comida, merienda y cena. El resto del día tampoco podía bajar la guardia por miedo al picoteo entre horas, hábito ,por cierto,muy extendido entre la población.
Sus principales problemas llegaron en el cole. A medida que crecía, más tierno se iba haciendo y eso no pasó desapercibido entre sus compañeros. Cierto día encontró a uno de sus amigos untándole mantequilla por la espalda, mientras otro sacaba de su mochila una gran cantidad de chopped y un tercero, enchufaba una tostadora. De no mediar la profesora que no le quitaba ojo de encima, ya sea por desconfianza o por apetito, aquello hubiera acabado en un estupendo “bikini” para alegría y regocijo de la clase.
Desde ese momento se refugió a las horas conflictivas en el despacho del director, personaje maravillosamente alérgico al gluten.

La vida de Ignacio se fue al traste la misma mañana de su décimo cumpleaños. Parecía asumido por todos que Ignacio no era un tentempié y durante los últimos 3 años apenas había sufrido ataques voraces. Como digo, Ignacio y sus amigos estaban jugando al escondite cuando, buscando un buen lugar para que no le encontraran, Ignacio se fue a meter dentro de la cazuela en la que su madre había preparado una exquisita salsa para el redondo de ternera de la comida.
Al rato, y viendo que nadie le encontraba, salió a “salvarse”. En cuanto sus amigos le vieron aparecer su expresión era inequívoca…

Les acababa de entrar el gusanillo al verle mojadito en la salsa del redondo.

De Ignacio no quedaron más que 4 migajas y el recuerdo de un buen bocado. Alguno de sus compañeros comentaba que se le estuvo repitiendo durante días. Y es que Ignacio fue blando y tierno, pero algo indigesto.